lunes, abril 04, 2011
Posesión… ¿trampa de la mente o artificio maligno?
Seguramente muchas personas se han horrorizado de manera genuina con la película “El Exorcista”, ícono del cine de terror, pasando por tantas otras como “El rito”, con el afamado actor Anthony Hopkins. Luego de verlas, se abre la gran duda: ¿es posible que un caso de posesión como el que se relata en esos filmes ocurra en la realidad? ¿Puede el demonio poseer de ese modo a un ser humano, y convertirlo en un monstruo por dentro y por fuera? Todo parece indicar que sí –aunque quizás no hasta el extremo de deformidad física que muestran las películas- y hasta la siempre cauta Iglesia Católica acepta la posesión diabólica como un hecho, y ha instituido el rito del exorcismo para combatirla con los elementos de la fe.

El tema es controvertido, pero más allá de que algunos casos de posesión obedezcan a sugestión o a enfermedades mentales, el tema no pierde vigencia como una de las posibles armas que usa el demonio en su batalla contra la luz.

La posesión diabólica consiste, lisa y llanamente, en la apropiación por parte del demonio –o de algún espíritu maligno o diablo- del cuerpo y/o la mente de alguna persona con el sólo afán de asustar, molestar y atrapar esa alma, cambiando la conducta, personalidad y, en ocasiones, hasta los rasgos físicos de la víctima. En definitiva, ésta se convierte en una persona totalmente desconocida para sus cercanos.

En la historia de la Iglesia, en los primeros siglos del Cristianismo, todo mal se le achacaba al demonio. El tema se instituyó hasta en los hospitales, con enfermeros expertos en exorcizar demonios. De hecho, desde tiempos inmemoriales, la figura del demonio ha venido siendo tanto a nivel oral como en las más remotas tradiciones escritas materia indispensable a la hora de explicar muchos de los fenómenos que nos rodean y que resultan incompresibles cuando los sufrimos de forma directa. Enfermedades, accidentes o sencillos ataques de estrés eran asociados en la antigüedad con demonios que pululaban en derredor nuestro con la intención de apartarnos del camino correcto e inmiscuirse en nuestras vidas. Así, las posesiones espiritas han estado siempre presentes en nuestra cultura.

Pero es muy común confundir los casos de posesión con enfermedades mentales, y viceversa. El desdoblamiento de personalidad, la personalidad múltiple, el trastorno histriónico de la personalidad, ciertos síndromes delirantes, algunas psicosis agudas, la esquizofrenia, los comportamientos alterados como consecuencia del consumo de drogas, la epilepsia que genera temblores físicos incontrolables y que en la antigüedad se consideraba posesión demoníaca, la neurosis, la prosopopesis, la autosugestión, la psicosis, la paranoia, la histeria, el trastorno obsesivo compulsivo, la doble personalidad, la bipolaridad y otros males de la mente suelen generar episodios de violencia y alteraciones conductuales severas que pueden confundirse con una posesión. De hecho, muchos de los casos responden a trastornos mentales severos y no a la influencia del demonio. Esto no solamente reduce bastante los casos genuinos de posesión diabólica a unas cuantas excepciones, sino que disminuye la credibilidad que la gente le da al tema.

Los límites entre las situaciones psíquicas y la efectiva influencia demoníaca están poco definidos y son difícilmente identificables, por lo que puede fácilmente pasar por posesión diabólica lo que, en realidad, es sólo expresión de profundos trastornos psicológicos.

El aspecto clave del problema, que la investigación psicológica y psiquiátrica todavía no han resuelto, consiste en la correcta distinción entre un comportamiento patológico de índole psíquica y una verdadera posesión diabólica. En tal perspectiva, obviamente, sólo un científico serio, con una mente capaz de superar el reducido campo de su competencia, es capaz de reconocer la posibilidad de posesiones diabólicas.

Pero formalmente, la medicina no reconoce a la posesión demoníaca, y atribuye los signos y síntomas que presentan los presuntos posesos a profundos trastornos psicológicos, como neurosis de conversión, esquizofrenia, epilepsia, y enfermedades psicóticas indiferenciadas. Sin embargo, hay casos de alteración severa del comportamiento que no encuentran una explicación suficiente y convincente con los instrumentos psicológicos y psiquiátricos normales.

En la neurosis de conversión, por ejemplo, aparecen síntomas objetivos importantes sin lesión que los justifique, como una parálisis sin lesión de nervio o músculo, o una ceguera en la que los ojos y el sistema nervioso ocular permanecen intactos. En estos casos, se habla de un conflicto psicológico que se trasformaría en un síntoma orgánico, mientras en otros casos el conflicto psicológico no se manifestaría como enfermedad corporal, sino como enfermedad psíquica llamada trastorno disociativo, como por ejemplo la amnesia histérica, durante la que el sujeto olvida quien es, o los casos de múltiple personalidad.

En el síntoma histérico, por otro lado, se dan dos tipos de cuadro: la calma y la tempestad. Durante la calma pueden darse parálisis, ceguera, sordera, alteraciones de la sensibilidad en una parte o todo el cuerpo. En los episodios de tempestad se producen ataques durante los cuales el paciente grita, se golpea, se desgarra las ropas, se contorsiona, sufre de temblores, espasmos musculares y posturas extremas (en arco).

Pero aunque la diferencia entre casos de posesión real e imaginada es muy tenue, hay sutiles matices. Por ejemplo, durante la posesión genuina las convulsiones y crisis de violencia de la persona van en aumento, en lugar de disminuir, como ocurre con los enfermos mentales, y simultáneamente a ellas aparece una nueva identidad que razona y contesta coherentemente. Por lo tanto, ¿puede el demonio poseer a una persona y manejar su mente, su cuerpo y su voluntad? Todo indica que sí, aunque son pocos los casos, la posesión demoníaca parece ser una realidad.

Si la persona es mental o emocionalmente débil, se encuentra alejada de Dios y desprotegida, más aún si se expone a peligros como conjuros satánicos, participación en ritos de sectas esotéricas, sesiones espiritistas o de escritura automática y prácticas de Oui-ja con escaso conocimiento y temor, y pasa por periodos de situaciones emocionales intensas o tiene un carácter inestable con tendencias histéricas o desequilibrio emocional. Todo ello puede abrir la puerta al influjo de energías o entidades poderosas del bajo astral o malignas, que la persona no está en condiciones de enfrentar o repeler, y que pueden usurpar su cuerpo y su mente.

En el contexto de la posesión, la persona puede padecer una serie de enfermedades físicas y psicológicas que lo martirizan terriblemente, todas ellas sin cura y sin razón aparente. La entidad actúa desde dentro dejando incluso muy dañada la libertad, por lo que se pueden llegar a cometer acciones perversas bajo su influencia.

La acción más ordinaria del demonio, orientada a todos los hombres, es la de tentarlos hacia el mal. Por eso, las personas más proclives a sufrir una posesión son aquellas que se abandonan al demonio con el pacto, libremente, y aquellas que constituyen un peligro para su reino. En los santos y en quien busca con radicalidad la santidad, el demonio produce lo que se conoce como "obsesión", a través de la cual busca desestabilizar su acción, hacerla ineficaz, y que finalmente desistan de este propósito. Para ello usa de todos los medios a su alcance incluyendo la perturbación física. El mismo Jesús se dejó tentar por Satanás, y se sabe que San Pablo de la Cruz, el padre Pío y tantos otros fueron golpeados, flagelados y apaleados por demonios, aunque en estos casos se trató de una influencia externa de Satanás para torturarlos, y no de apropiación de sus cuerpos y voluntades.

En la posesión en sí, la entidad diabólica se apodera del cuerpo en forma permanente, ejerciendo un control total sobre éste, pero a diferencia de lo que muestra la película El Exorciza, donde la niña es víctima de la posesión en forma permanente, adelgaza y se enferma hasta casi morir, pierde por completo su conciencia de identidad y es incapaz de levantarse de la cama donde la tienen atada con correas por la fuerza hercúlea con que se daña a sí misma y a los demás, en la mayoría de los casos los posesos siguen su vida normal, y sólo son presa de los ataques en forma intermitente y por un cierto lapso de tiempo. En los accesos severos se produce una agitación febril que se manifiesta en contorsiones, gritos de rabia, groserías y blasfemias hasta perder la conciencia. A esos estados críticos suelen seguir episodios de descanso o sosiego.

Es normal, además, que las víctimas estén bajo cuidados médicos por enfermedades mentales antes de que se descubra que están poseídos, y esto generalmente sucede porque los medicamentos no surten ni el mínimo efecto. Los síntomas más claros de una posesión demoníaca, tanto a nivel físico y psíquico o de comportamiento, están establecidos por el Ritual Romano de la Iglesia Católica, documento que establece los síntomas de la posesión y el rito para combatirla.

Los principales son demostrar un odio furibundo y visceral hacia el nombre, imágenes o cualquier cosa relacionada con Dios, Jesús, los santos, la Virgen y símbolos sagrados, hasta extremos de histeria, psicosis o paranoia; la xenoglosia, o hablar y entender lenguas muertas o desconocidas que la persona no domina; practicar la clarividencia o adivinación para descubrir hechos y situaciones ocultas de las personas y el entorno, incluso a distancia; manifestar una fuerza física sobrehumana, que duplica en mucho a la normal según la edad y contextura de la persona, y una fuerza psíquica con un enorme poder de concentración y sugestión de terceros; predecir hechos futuros; sufrir una transformación integral de la personalidad original que da origen a una nueva forma de ser, en extremo violenta, soez, burlona, irritante y odiosa; presentar alguna transformación física en el cuerpo, como llagas o heridas, cambios en la mirada, y endurecimiento de los rasgos faciales; alteraciones notorias en la voz, adquiriendo un tono gutural, ronco, donde cambia radicalmente el tono, cadencia y pronunciación de las palabras, y se suelen emitir fonías animales, como rugidos, quejidos y bramidos; capacidad de practicar la levitación contraviniendo la ley de gravedad, y contorsiones y convulsiones extraordinarias y antifiosiológicas con el cuerpo; emitir desagradables ruidos y hedores corporales, como diarrea, escupitajos y vómitos; capacidad de telekinesia, moviendo objetos a distancia por grandes y pesados que sean, afectando leyes físicas; generar cambios extremos y bruscos de la temperatura del lugar donde se encuentra el poseso.

Las víctimas de la posesión tampoco tienen edad. Se habla incluso de bebés de pocos meses que manifiestan un comportamiento asombroso. En España fue famoso el caso de un bebé de 13 meses, aparentemente poseído que aún no hablaba. Cuando el exorcista le colocó una medalla de San Benito giró su cabeza estando acostado boca abajo, emitió con mucho enfado y voz ronca las palabras "¡vete, márchate!".

La batalla

La única forma de combatir los casos de posesión diabólica y desalojar del cuerpo de la persona al espíritu que se ha alojado en él es un rito llamado exorcismo (del griego exousia, que significa juramento, en cuanto a poner al demonio bajo juramento o invocar una autoridad más alta para obligarlo a actuar de manera contraria a sus deseos). Los ritos varían desde simples invitaciones a retirarse hasta ceremonias elaboradas, algunas de las cuales incluyen bailes y estados de trance donde se le pide a Dios ayuda a expulsar al ente ofensivo. Dichas ceremonias incluyen la oración, la quema de incienso y el uso de sustancias sagradas como hierbas, agua bendita o sal. Un exorcismo puede durar desde pocas horas hasta varios días.

La práctica del exorcismo tiene su origen en la magia. En la antigua Babilonia, los sacerdotes rompían una imagen de arcilla o de cera, que simbolizaba al diablo, con el fin de destruir al demonio real. Los griegos y los egipcios también realizaban ritos similares, y en la Biblia abundan diversas referencias al demonio y al exorcismo; de hecho, el Nuevo Testamento relata cómo Jesús expulsaba a los espíritus malignos a través de la oración y de su autoridad: “Jesús lo practicó (Mc 1,25 ss),

En la antigüedad, el exorcismo era pan de cada día ante cualquier persona que manifestara algún grado de violencia extrema o alteración de la personalidad. Hoy, aunque la posesión diabólica se ha puesto en tela de juicio desde que los avances de la psiquiatría han permitido descubrir patologías mentales que se curan o dominan con fármacos, no ha desaparecido del todo, y el rito del exorcismo está presente en diversas religiones y culturas, lo que demuestra que en todas las civilizaciones se acepta la idea de que existe un espíritu del mal capaz de apoderarse del cuerpo y de la voluntad de una persona. Su uso es común en aquellas sociedades donde se cree que los espíritus interfieren frecuentemente en los asuntos terrenales ocasionando enfermedades, mala suerte y desastres.

El cristianismo, en sus albores, no tenía plenamente asumida la figura del diablo, pero la introdujo aceptando las influencias de otras religiones, así como el contenido evangélico en dicho sentido. El Antiguo Testamento sólo cita un principio divino positivo, y por lo tanto no se entendía que es lo que podía provocar el mal; al no poder admitir otro dios sin caer en un politeísmo que se suponía superado, se echó mano de un ser inferior y se creó la imagen del demonio. Es difícil fijar hasta que punto Jesús lo admitió como un hecho sociológico, o bien, ante los milagros que realizaba, los propios narradores achacaban la sanación a la expulsión de demonios del cuerpo, basados en la creencia de la época de que la enfermedad era indefectiblemente provocada por dichas entidades, además de creerse ellos en la obligación de demostrar que los principios del bien prevalecían sobre los del mal.

Es a partir de los siglos II y III cuando la Iglesia confiere carta de naturaleza al demonio como entidad del mal, y mediados del siglo V empiezan a aparecer los primeros exorcistas que terminan por consolidarse en el siglo VIII. En general, se trataba de clérigos que, además de sus tareas habituales, recibían una preparación especial a fin de capacitarlos para desempeñar tan comprometida responsabilidad.

Hoy, el cristianismo asocia el exorcismo con la posesión demoníaca causada por Satanás, donde se libra una batalla entre el bien y el mal. La Iglesia admite la existencia del diablo y, aunque no es un dogma de fe, también acepta que el maligno tiene poder para poseer a una persona.

Así, la Iglesia Católica tiene su propio ritual exorcista siempre actualizado, el Rituale Romanum, que data de 1614 y fue revisado en 1998, y en el cual un sacerdote experto y debidamente autorizado por el Vaticano recita oraciones y sigue ciertas prácticas y fórmulas para expulsar a los demonios o espíritus malignos de personas o lugares invocando la autoridad de Jesús.

Pero actualmente, determinar una posesión, no es tan simple como en la antigüedad, y antes de que el rito pueda llevarse a cabo deben probarse rigurosamente los síntomas que presenta la persona como una auténtica posesión por parte de médicos y científicos, descartándose trastornos psiquiátricos y enfermedades mentales, y mediar la aprobación de un obispo diocesano. El Rituale Romanun dice expresamente que "el sacerdote designado para hacer un exorcismo, además de distinguirse por su piedad, prudencia y vida íntegra, debe ser inmune a cualquier ansia personal y no confiar en su poder sino en el divino, así como de edad madura y reverenciado no sólo por su cargo sino por sus cualidades morales". El propio Vaticano tiene en la Universidad Lateranense de Roma el Departamento de Parapsicología que estudia estos hechos antes de autorizar el exorcismo. Si bien lo utiliza muchísimo menos que en la antigüedad, no descarta la posesión diabólica en el siglo XXI, ni ha dado por superado el tema, y hasta el mismo Papa Juan Pablo II realizó exorcismos durante tres ocasiones en su pontificado.

Aunque es menos común que en el catolicismo, ya que las iglesias luteranas no conceden ninguna credibilidad teológica a la existencia del demonio, algunos protestantes también realizan exorcismos; los pentecostales y otros carismáticos practican el "ministerio de la entrega", en el cual las personas dotadas arrojan demonios y curan mediante la imposición de las manos.

En el judaísmo, la literatura rabínica del siglo I se refiere al exorcismo con un rito en el que se expulsa al dybbuk, un espíritu maligno o alma errante que toma posesión del alma de la víctima y le causa enfermedades mentales y un cambio de la personalidad. El dybbuk es expulsado a través del dedo meñique del pie de la víctima, y puede ser redimido o bien enviado al infierno. En el hinduismo, budismo, islamismo, shintoísmo y muchas otras religiones, se culpa constantemente a los espíritus y fantasmas por toda suerte de males y se les arroja fuera de lugares y personas. Las técnicas usuales de exorcismo hindú, por ejemplo, incluyen soplar humo de estiércol de vaca, apretar una piedra de sal entre los dedos, quemar estiércol de cerdos, golpear a la víctima o jalarle del cabello, usar monedas de cobre como ofrenda, recitar oraciones o mantras y ofrecer regalos de dulces u otros presentes.

En algunas tradiciones shamánicas se cree que los demonios o espíritus causan enfermedades y desgracias robándose las almas. El shamán entra entonces en un trance extático para buscar y recuperar el alma y expulsar al demonio. De hecho, los chamanes indígenas, y hasta los sacerdotes de las tribus africanas más primitivas son expertos exorcistas, por no mencionar a personas proclives al ocultismo y la magia.

El Rituale Romanum


Es muy posible que una de las más hábiles trampas del demonio para influir en los hombres sea despistar sobre el tema de la posesión y ridiculizarlo, generando fraudes o permitiendo que sea hábilmente encubierto por enfermedades mentales que “aparentemente” se controlan con medicamentos.

Quizás al abrigo de esta idea es que numerosas teorías afirman que tanto el exorcismo como la posesión son meros fraudes o mentalismos, que funcionan por el poder de la sugestión tanto del poseso como del exorcista. Sostienen que desalojar a una entidad tan poderosa como el mismo demonio con rezos, una cruz, un poco de agua, talismanes e insultos es un total disparate que menosprecia el poder de Satanás, y que la posesión sólo ocurre en personas fanáticas de algunas sectas que se dejan dominar y convencer por líderes, aflojando su autocontrol y dándole total cabida a otra persona en su propia mente, pero no al demonio. Los temblores de tipo epiléptico, tan peculiares en los poseídos, reflejarían sólo un conflicto de poderes o energético entre el espíritu-propietario y el espíritu posesor, es decir, un vulgar conflicto energético. Así, el exorcismo se convertiría en un mero fraude o espectáculo, donde un feligrés neurótico, complaciente e inconsciente cede ante las plegarias de su pastor. Meros casos de demencia, más que de auténtica posesión diabólica.

Que el tema se preste a tantas sospechas y fraudes molesta a los más acérrimos convencidos de la acción de Satanás sobre las personas. El sacerdote más experto en exorcismos del mundo, el padre Gabriele Amorth, señaló en una entrevista aparecida en el semanario L’Espresso de Italia, el 11 de junio del 2004, que la Iglesia es culpable del tono de charlatanería y farsa con que se trata el tema, que se ve más como casos de burla o locura que como algo serio. Señaló que el temor al demonio en la Iglesia decae cada vez más, lo que desata las manos del maligno y le ayuda a hacer su trabajo. “La Iglesia ha pasado de un exceso a otro. Para remediar la locura de la caza de brujas, que en vez de ser exorcizadas eran quemadas, ha cancelado todo, diablo y exorcismos. El resultado es regiones católicas enteras que no tienen más exorcistas. En 2003 se realizó en Roma una importante reunión de los 170 exorcistas italianos. Concurrieron todos.

El sacerdote Gabriele Amorth dice que el Rituale Romanum, es absolutamente incompetente. Prohíbe actuar en caso de maleficio, cuando el noventa por ciento de los casos de posesión derivan precisamente de allí. Prohíbe actuar si no se tiene la certeza previa de la acción diabólica, cuando eso sólo se puede comprender cuando se está actuando.

El Rituale Romanum contenía, en un capítulo especial, las indicaciones y el texto litúrgico de los exorcismos. Este capítulo era el último, y había quedado sin ser revisado después del concilio Vaticano II. La redacción final del Rito de los exorcismos ha requerido muchos estudios, revisiones, renovaciones y modificaciones, consultas a las diversas Conferencias episcopales; todo ello analizado por parte de una Asamblea ordinaria de la Congregación para el culto divino.

Después de 10 años de esfuerzo, el Papa Juan Pablo II aprobó el nuevo texto que fue presentado el 16 de enero de 1999. Detalla el rito del exorcismo propiamente dicho, las oraciones que debe decir públicamente un sacerdote, con el permiso del obispo, cuando se juzga prudentemente que existe un influjo de Satanás sobre lugares, objetos o personas, sin llegar al nivel de una posesión propiamente dicha. Contiene, además, una serie de oraciones que pueden ser dichas privadamente por los fieles cuando sospechan con fundamento que están sujetos a influjos diabólicos.

Otras formas de acción demoníaca


La posesión es la forma más cruel y extrema que tiene el demonio para actuar sobre una persona y apoderarse de ella, pero no la única. Existe también la vejación diabólica, que consiste en trastornos y enfermedades más o menos graves que pueden llevar al sujeto a perder el conocimiento y a cometer acciones o pronunciar palabras de las que la persona no es responsable.

Se identifican, además, los casos de dolor externo, donde la persona experimenta sufrimiento físico como palizas, azotes, y heridas causadas por objetos que caen o por empujones.

Por otro lado, está la obsesión diabólica, donde la voluntad de la persona se mantiene libre, pero es oprimida por pensamientos y tentaciones obsesivas que la mantienen en un estado de postración, con continuos deseos de suicidio. El demonio ataca el alma de la persona. Casi siempre las obsesiones influyen en los sueños.

La sujeción diabólica, en tanto, llamada también dependencia diabólica, se genera cuando la persona se somete deliberadamente a la servidumbre del demonio mediante el pacto de sangre con el diablo y la consagración a Satanás.

Otro cuadro es la opresión diabólica, que produce una especie de racha de mala suerte en la salud, el trabajo y en las relaciones con otras personas. Sus síntomas incluyen ataques inexplicables de furia y una tendencia a estar completamente aislado.

La infestación diabólica es otra situación donde la actividad maléfica está dirigida hacia lugares, objetos y animales.

Alejandra Bluth Solari
Los misterios y secretos del exorcismo

Cada vez se presentan más casos, admitieron los sacerdotes que llevan adelante la práctica admitida por el Vaticano

"Lo que va a pasar acá tratará de desviarnos de la oración. Les pido que, pase lo que pase, al menos dos personas mantengan el rezo del rosario. Los demás cuidamos que Carmen no se golpee ninguna parte del cuerpo pero, sobre todo, la cabeza", dijo el padre Juan.

Arrodillada frente a la imagen de la Virgen y a un sagrario con la Eucaristía, en el salón de la parroquia San Andrés Avelino, en Villa Adelina (diócesis de San Isidro), Carmen, de 33 años, juntó las manos y se dispuso a rezar. La rodeaban su marido, seis colaboradoras de esa parroquia y el padre Juan. En una mesa, junto a la pared, yacían las armas del sacerdote para el combate que se avecinaba: agua bendita, aceite, un crucifijo y fotocopias con oraciones.

Eran las cinco y diez de la tarde del martes 15 de agosto de 2006 y comenzaba así el quinto ritual de exorcismo al que se sometería esta mujer para intentar liberarse de lo que la Iglesia reconoce como una intervención diabólica.

Exorcistas de la provincia de Buenos Aires afirmaron que en los últimos años ha crecido la cantidad de personas que los buscan porque dicen escuchar voces, ver sombras donde no hay nadie, oir puertas que se abren o cierran, y otros fenómenos para los que no encuentran explicación.

La Iglesia Católica se preocupó por este tema y por eso actualizó en 1999 el ritual que se usaba desde 1614 y, desde 2005, la Pontificia Universidad de Roma dicta un curso especializado para sacerdotes exorcistas.

El de Carmen fue el sexto caso diagnosticado en 2006 por el padre Ramón Morcillo, párroco de San Andrés Avelino y experto en nuevos movimientos religiosos. Desde que comenzó a hacer exorcismos en San Isidro, en 2001, Morcillo llegó a reconocer la presencia de una potestad extraña en cinco casos.

En el salón, a los cinco minutos del inicio de las oraciones a los santos, Carmen sufrió una especie de desmayo y, enseguida, comenzó a respirar con dificultad, a jadear, a rugir, a gritar y a contonearse cada vez que el sacerdote nombraba a Jesús, a la Virgen María o se refería a las mentiras y obras de los demonios.

Ahora, acostada y sostenida por su esposo y por cuatro de las mujeres presentes, Carmen no miraba a nadie y movía en círculos la cabeza. Dio un fuerte alarido cuando el padre Juan acercó el crucifijo a su cuerpo.

"¿Renuncias a Satanás?", preguntó el cura en una parte del ritual. "¡No!", fue el grito espeluznante de Carmen, que después empezó a hablar con los dientes apretados y con voz ronca y grave.

Con la lengua afuera soplaba, se movía, se reía con carcajadas que ponían la piel de gallina a cualquiera que las escuchara y forcejeaba para incorporarse. El sacerdote seguía rezando y ahora dialogaba con Carmen, que respondía como si fuera otra persona. Sin perder la calma ni el tono tierno, el padre Juan también se dirigía a "alguien" distinto de Carmen a quien le ordenaba "en nombre de Jesús" que se retirara de esa mujer.

"No. No me voy. Yo la quiero más que Jesús. Yo la elegí. Es mía. Mía. Yo hago lo que quiero. No me voy. Déjenme en paz. No voy a decir nada. Vete con tu Dios", decía la voz que a estas alturas era difícil atribuir a la mujer que una hora antes había llegado por sus propios medios buscando alivio.

Antes de encontrar al padre Morcillo, ella y su esposo consultaron a 35 sacerdotes, entre los que figuran cuatro obispos, sobre los extraños síntomas que la aquejaban desde hacía varios años: en ciertas ocasiones Carmen se ve deformada en los espejos, mueve objetos con sólo mirarlos o le dan ataques de risa que no puede frenar y le provocan fortísimos dolores de mandíbula.

El esposo de Carmen, de 37 años, adjudica el origen de estos malestares a las prácticas en grupos Umbanda y de espiritismo de distintos familiares de ambos, cuando ellos eran niños.

El padre Carlos Mancuso, párroco de San José, de La Plata, y exorcista desde 1985, estimó que la mayoría de quienes se acercan a consultarlo "son personas que quedaron afectadas espiritualmente luego de haber participado en sectas satánicas o grupos religiosos afrobrasileños o en sesiones con médiums, curanderos y brujos".

Con él coincidieron el hermano marista Emilio Garione y otro sacerdote de Lanús, que pidió mantener su nombre en reserva. Todos ellos mencionaron el auge del esoterismo como la principal causa del aumento de "personas con problemas espirituales".

Entre las características comunes de las personas afectadas por estas "intervenciones diabólicas", mencionaron que en su mayoría son mujeres menores de 50 años, de distintos niveles socioeconómicos y educativos.

Como en tantos otros casos, en el de Carmen, fueron necesarios unos cinco o seis exorcismos más hasta lograr "liberarla totalmente". Cada exorcismo es como un round en el que se va debilitando paulatinamente al demonio que está dentro de esa persona.
Lo primero, descartar una psicosis

La primera sugerencia que la Iglesia da a los sacerdotes autorizados a realizar exorcismos es la de desconfiar de que el caso por resolver sea una posesión demoníaca.

Para detectar si la persona que dice estar atormentada por los demonios no sufre una afección psicológica, los exorcistas la entrevistan, le piden estudios médicos e incluso psicológicos o psiquiátricos. Los curas deben descartar que no se trate de una histeria, una psicosis, una esquizofrenia u otra patología.

Los casos de poseídos son considerados por los sacerdotes como algo extremadamente raro pero, aún así, algunos exorcistas suelen tener una lista de espera, en la que generalmente todas las afectadas son mujeres.

El ritual indicado por el Vaticano no obliga a realizar estudios médicos y psiquiátricos antes de decidir la práctica de un exorcismo, pero lo recomienda.

La Iglesia sugiere que los síntomas de una intervención diabólica que habilita a un cura a practicar un exorcismo son: la aversión vehemente del afectado contra Dios, la Virgen, los santos, la cruz y otros símbolos sagrados; que hable en lenguas desconocidas, que localice objetos escondidos o distantes y que demuestre una fuerza superior a su contextura física.

Entre los remedios, el ritual del Vaticano describe los sacramentales (aceite, agua bendita y la cruz), así como la confesión, la comunión, la oración y el ayuno, los nombres de Jesús y María, y el exorcismo.

La psiquiatría acepta los exorcismos

La psiquiatría descarta la posesión diabólica, pero llega a considerar a los exorcismos como tratamientos efectivos para un trastorno específico.

¿Una persona que oye voces o ruidos que otros no perciben, que ve objetos que no existen, que habla en lenguas desconocidas y, sobre todo, que rechaza con violencia las imágenes religiosas está poseída por un espíritu maligno o sufre alguna alteración mental?

La disyuntiva se presenta por igual tanto a los sacerdotes como a los médicos psiquiatras que reciben en sus despachos o consultorios a personas con estos y otros síntomas, y que trabajan cada vez más en conjunto.

Si bien la Iglesia enseña que la posesión demoníaca es el caso extremo de influencia maligna que se da en raras ocasiones, estos casos han aumentado en los últimos años.

En la Iglesia, que sugiere a los exorcistas desconfiar primero de una intervención diabólica, se derivan estos casos a los psiquiatras y muchos de ellos, después de descartar que no se trata de histeria, psicosis o algún trastorno mental los vuelven a remitir al ámbito religioso.

Según autoridades de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), organización para la cual los exorcismos que practican los sacerdotes funcionan como una terapia de sugestión, cuando los médicos no pueden manejar el cuadro y se trata de una cuestión de fe, envían a la persona a los sacerdotes, sabiendo que no es el diablo que está dentro de ellos pero aceptando los exorcismos como una terapia más, que puede tener resultados muy efectivos, ya que se han visto pacientes que se curaron totalmente después de las intervenciones de los exorcistas.

Intervención diabólica


Según la teología, los malestares expresados por quienes dicen ser víctimas del mal podrían ser objeto de alguna "intervención diabólica", descripta ya en los libros del Antiguo Testamento. En los casos extremos de posesión, el remedio sugerido por la Iglesia siempre fue el exorcismo, un ritual de oraciones que ordenan al diablo que libere a la persona que está sufriendo sus tormentos y en el que se reza por el alma del poseído.

Según el psiquiatra Ricardo Kogan-Medoy, quien atiende desde hace varios años en forma gratuita a pacientes derivados por sacerdotes exorcistas, las personas que presuntamente están poseídas por el demonio se encuadran, desde el punto de vista psiquiátrico, en el trastorno disociativo por trance o posesión. Este trastorno es descrito en la clasificación internacional de enfermedades mentales ICD-10.

En la literatura psiquiátrica también se afirma que la posesión es "una alteración aislada o episódica del nivel de conciencia caracterizada por la suplantación de la identidad habitual por otra diferente, ya sea espíritu, poder, divinidad u otra persona".

Los criterios para definir si se trata de un trastorno por trance y posesión son, según la clasificación internacional, la alteración en el nivel de la conciencia, la pérdida de la identidad habitual y contorsiones que se experimentan como fuera del propio control.

Desde la psiquiatría no se respalda la posesión demoníaca, sino que se describe el cuadro de posesión, y no se dice que sea el diablo la causa, pero que lo llama “agente causal”.

Para un sector de la psiquiatría, el trastorno por trance o posesión no se corresponde con los casos de los pacientes que dicen estar poseídos por el demonio. "El agente al que se refiere la descripción de ese trastorno no es de persona, sino que puede ser provocado por un tóxico, sobre todo el LSD, o alguna intoxicación por medicamentos o por heroína".

También debe tenerse en cuenta un problema cultural muy importante: la mayoría de quienes sufren estos fenómenos, antes de llegar al psiquiatra o a la Iglesia consultan con videntes, curanderos, tarotistas o grupos umbanda. Buscan la sanación que estos grupos o personas ofrecen para malestares físicos o espirituales, o también por problemas económicos, pero suelen terminar peor que antes.

De todas maneras gran parte de los médicos mantiene, al menos públicamente, los criterios científicos. Pero en estas cosas del espíritu, nada es mensurable y el exorcismo sigue siendo un método que durante siglos probó ser efectivo.

Silvina Premat (redacción del diario La Nación)

Adaptación: Marcelo Quiroga
Enviado por otras alternativas a las 12:05 AM  
2 Comentarios:
  • A las12:07 AM, julio 04, 2011, Anonymous Anónimo comentó...…

    Escucho el programa desde hace mucho tiempo. Tengo que decir que lamentablemente cada día está peor. Ya sea por los temas tratados, por cómo se tratan y por la constante emisión de programas repetidos. Espero que mejoren.

     
  • A las2:15 PM, noviembre 13, 2011, Anonymous Anónimo comentó...…

    Se puede perder el alma definitivamente en el infierno? Que pasó con la muerte de Jesús y su supuesta salvación, si el alma se puede perder definitivamente en el infierno.

     
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