lunes, octubre 05, 2009
Residuos tóxicos... la basura más cara del mundo
Hasta hace poco tiempo los residuos se depositaban, sin más, en vertederos, ríos, mares o cualquier otro lugar que se encontrara cerca. En las sociedades agrícolas y ganaderas se producían muy pocos residuos no aprovechables. Con la industrialización y el desarrollo, la cantidad y variedad de residuos que se generan ha aumentado a gran escala. Durante varios decenios se han seguido eliminando por el simple sistema del vertido. Se hacía esto incluso con la cada vez mayor cantidad de sustancias químicas tóxicas que se comenzaron a producir. En las décadas de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, se fueron comprobando las graves repercusiones para la higiene y la salud de las personas y los importantes impactos negativos sobre el ambiente producidos por este sistema de eliminación de residuos.

El problema de los residuos

El continuo aumento de la cantidad de residuos que la humanidad genera está provocando importantes problemas. Entre los bienes que se usan, cada vez hay más objetos que están fabricados para durar unos pocos años y después ser sustituidos por otros y que no compensa arreglar porque resulta más caro que comprar uno nuevo. Muchos productos, desde los pañuelos o servilletas de papel, hasta las maquinas de afeitar, los pañales, o las latas de bebidas, están diseñados para ser usados una vez y luego desechados. Se usan las cosas y se desechan en grandes cantidades, sin que haya conciencia clara, en muchos casos, de que luego, algo hay que hacer con todos estos residuos.

El problema se agrava porque la creciente actividad industrial genera muchos productos que son tóxicos o muy difíciles de incorporar a los ciclos de los elementos naturales. En varias ocasiones los productos químicos acumulados en vertederos que después han sido recubiertos de tierra en lugares utilizados para construir viviendas sobre ellos han causado serios problemas, incluso dañando la salud de las personas.

No hay solución única y clara a este problema. El reciclaje es la opción mejor desde el punto de vista ambiental pero tiene sus límites. En el momento actual se combina con plantas de tratamiento, vertederos e incineradores, aunque no se debe olvidar que una estrategia imprescindible sería la de reducir las cantidades de residuos producidos.

Evidentemente, a la hora de hacer desaparecer los residuos, sobre todo los que presentan altos grados de toxicidad, los planteos éticos y morales quedan totalmente de lado. Aparecen una serie de “Organizaciones” que, sin culpas ni miramientos de ningún tipo se hacen cargo del negocio... del gran negocio de los residuos.

El 13 de Septiembre de 2009, un robot submarino localizó un buque mercante de grandes dimensiones, que se sospecha está cargado con escorias tóxicas y hasta radioactivas a unas 20 millas náuticas de la costa de Cetraro, provincia de Cosenza, en la costa de Calabria, la punta de la bota italiana. No pudo conocerse el nombre de la nave hundida, pues no consta en los archivos de las capitanías de puertos cercanas noticia de ningún naufragio. Sin embargo, se sospecha que se trate del “Cunski” gracias a las declaraciones de Francesco Fonti, un miembro arrepentido de la ‘Ndrangheta (la mafia calabresa). Este colaborador de la justicia confesó en 2006 que formaba parte de una organización que provocaba hundimientos de barcos con escorias tóxicas y radioactivas.

El hallazgo de la nave confirma lo que la organización ecologista italiana Legambiente venía denunciando desde 1994: la existencia de un tráfico de residuos tóxicos organizado por la ‘Ndrangheta desde los años 80. Muchos buques zarpaban desde puertos italianos hacia las costas africanas o latinoamericanas cargados con residuos tóxicos e incluso radioactivos. Prueba de ello es que el gobierno venezolano rechazó por entonces el carguero Lynx tras revisar su contenido. En 1988 las autoridades libanesas recibieron una denuncia sobre un cargamento enorme de residuos tóxicos que habían llegado de Italia un año antes. Según un reportaje de Greenpeace del 11 de mayo de 1995, lo componían 15.800 barriles y 20 contenedores con pesticidas, explosivos, disolventes, fármacos caducos y metales pesados. Tras las protestas del gobierno libanés, las autoridades italianas tuvieron que comprometerse a retirar el cargamento envenenado. Entre tanto, en 1989 se había firmado el acuerdo que prohibía el tráfico internacional de residuos, lo que obligó a la mafia calabresa a cambiar el modus operandi y optar por los hundimientos provocados. En realidad, los primeros en denunciar el verdadero carácter de los naufragios fueron los directivos de las empresas aseguradoras de esas naves: sólo la empresa Lloyds denunció 39 hundimientos en las costas italianas en los años '80.

El caso del Cunski está ligado a otros tres hundimientos: la Jolly Rosso -que embarrancó el 14 de diciembre de 1990-, el Voriais Sparadis y el Yvonne A. Los cuatro buques fueron empleados entre 1988 y 1989 en esa operación de recuperación de residuos tóxicos en la zona cristiana del Líbano, bajo la supervisión del gobierno italiano y fondos de la cooperación.

El descubrimiento, el 13 de Septiembre de 2009, del barco hundido ocurre poco después de que se haya encontrado en la localidad de Amantea una colina de Cesio 137. El Cesio 137 es soluble en agua y sumamente tóxico en cantidades ínfimas. Una vez liberado al medio ambiente, sigue estando presente durante muchos años, dada su vida media. Puede causar cáncer 10, 20 o 30 años a partir del momento de la ingestión, inhalación o absorción, cuando una suficiente cantidad ingresa al organismo.

En el pueblo de Amantea, poco distante de Cetraro, embarrancó la nave Jolly Rosso el 14 de diciembre de 1990. El contenido de la nave fue sepultado a unos treinta metros de profundidad en una cueva. En Amantea, la temperatura del suelo en la zona urbana es seis grados más alta; se ve una mancha roja desde los satélites; se registra una radioactividad seis veces más alta de lo normal y abundan las muertes por diversos tipos de tumores.

Mientras el gobierno Berlusconi anuncia orgulloso el retorno a la energía nuclear, los residuos tóxicos escondidos en los 80 empiezan a dar sus frutos envenenados.

Residuos tóxicos: ¿negocio en alza?

En 2006, los residuos vertidos por el barco “Probo Koala” causaron la intoxicación de miles de personas en Costa de Marfil.

La carga tóxica del barco “Probo Koala” –500 toneladas que probablemente contenían ácido sulfhídrico, una sustancia altamente tóxica- fue descargada en 15 vertederos a cielo abierto en la marfileña ciudad de Abidjan por la compañía Trafigura, una multinacional holandesa con sede en Londres.

El jueves 17 de Septiembre de 2009, Naciones Unidas concluyó en un informe que en Abidjan, Costa de Marfil, 108.000 personas fueron atendidas por intoxicación, 68 fueron hospitalizadas y al menos 15 murieron a consecuencia del vertido.

Pero el del Probo Koala no es un caso aislado.

La relación de la mafia con los vertidos incontrolados es algo que se viene denunciando hace tiempo, y no sólo en el mar, también en vertederos ilegales en el sur de Italia que han generado problemas de salud importantes.

Estos casos recientes ponen de relieve un fenómeno que a menudo pasa inadvertido: el tráfico ilegal de residuos tóxicos a escala internacional. Es complicado saber hasta qué nivel sucede, pero es algo más que cotidiano.

De "ricos" a "pobres"

Según los expertos, este "contrabando" consiste en la exportación de residuos de países industrializados a países en vías de desarrollo con el objetivo de burlar las legislaciones existentes en materia de gestión de desechos.

De este modo, residuos procedentes de países desarrollados acaban en vertederos de países de Asia y África sin recibir un tratamiento adecuado.

Como en el tráfico de armas o de drogas, en este ámbito hay un gran negocio ilegal. El origen de este “negocio” se encuentra en el hecho de que hay países con leyes estrictas que hacen más cara la gestión de residuos y otros que no tienen las leyes o carecen de los recursos para hacer que se cumplan.

Desde este punto de vista, la ruta del carguero “Probo Koala” resulta paradigmática.

En 2005, Trafigura -la empresa propietaria del barco- compró toneladas de un tipo de gasolina sin refinar a precio de saldo a la compañía de Petróleos Mexicanos, Pemex, que no disponía de los procesos para hacer comercializable esa sustancia. A continuación, la multinacional depuró esa sustancia a bordo del buque mediante un proceso barato, pero que genera residuos peligrosos y es ilegal en muchos países.

Finalmente, ante el elevado costo de su proceso en Europa, Trafigura decidió transportar las sustancias tóxicas a Costa de Marfil ya que, esta operación no está permitida en la Unión Europea, ni en los EE.UU. Está prohibida debido a la naturaleza peligrosa del residuo.

Pese a que el Convenio de Basilea entró en vigor en 1992 y hasta el momento fue ratificado por 172 Estados –con excepciones notables como EE.UU.-, casos como el del “Probo Koala” muestran que el tráfico ilegal de residuos tóxicos continúa.

América Latina

Durante años, América Latina fue uno de los principales receptores de residuos procedentes del mundo industrializado. Actualmente, existen datos contradictorios sobre la situación en la región.

Aunque no se dispone de datos definitivos, todo indica que en la actualidad, América Latina podría ser más un exportador de residuos que un importador.

Casos recientes, como el de Julio de 2009 en Brasil, en el que se interceptó un buque con mas de 1.400 toneladas de desechos peligrosos procedentes del Reino Unido, podrían demostrar que la región sigue siendo receptora de residuos en una medida importante.

“Claramente Brasil no es el gran basurero del mundo”, dijo Roberto Messias, presidente de IBAMA, la agencia medioambiental brasileña, que en aquella ocasión consiguió devolver los residuos al país europeo.

A lo largo de los últimos años, todos los países de América Latina ratificaron el Convenio de Basilea y muchos crearon leyes complementarias que prohíben la importación de residuos tóxicos.

Sin embargo, el problema a nivel internacional parece no estar resuelto por completo.

La cuestión es que, aunque las reglas existen, en ocasiones no se respetan porque no hay suficiente capacidad ni recursos ni personal para obligar a que se cumplan.

El derrotero del Khian Sea

El 31 de Agosto de 1986, el buque carguero Khian Sea, con bandera de la República de Liberia, abandonó las aguas territoriales de Estados Unidos y comenzó a dar vueltas por los océanos buscando un país dispuesto a aceptar su cargamento: 14.000 toneladas de ceniza tóxica de incinerador.

Primero fue a Bahamas, luego visitó la República Dominicana, Honduras, Bermuda, Guinea Bissau, y las Antillas Holandesas. Por todas partes, la gente se reunió a protestar contra su llegada. Nadie quería que se tiraran en su país los millones de kilos de ceniza del incinerador municipal de Filadelfia. Desesperada por descargar, la tripulación del barco mentía sobre su cargamento, esperando encontrar un gobierno ignorante que lo aceptara.

Algunas veces identificaban la ceniza como "material de construcción," otras veces decían que era relleno para la construcción de carreteras, y si no bastaba que eran "desechos enlodados." Pero los expertos en ecología les ganaban generalmente la delantera, notificando a los receptores; nadie aceptaba la carga. Eso es, hasta que llegó a Haití. Allí, el dictador respaldado por EE.UU., Baby Doc Duvalier, extendió un permiso para el material, etiquetado como "fertilizante," y 4000 toneladas de la ceniza que transportaba el barco fueron descargadas en la playa de la localidad de Gonaïves.

No tardó mucho para que la protesta pública obligara a los funcionarios haitianos a comprender repentinamente que no estaban recibiendo fertilizante. Anularon el permiso de importación y ordenaron que los residuos fueran devueltos al barco. Pero el carguero Khian Sea se escapó durante la noche, dejando miles de toneladas de ceniza tóxica en la playa.

Durante otros dos años el Khian Sea jadeó de un país a otro tratando de descargar las restantes 10 mil toneladas de ceniza de Filadelfia. La tripulación hasta recubrió con pintura el nombre del barco. Sin embargo, no pudieron engatusar a nadie para que aceptara su cargamento tóxico. Un miembro de la tripulación testimonió más tarde que finalmente vertieron los residuos en el Océano Índico.

Tras un análisis del supuesto "fertilizante" descargado en la playa de la localidad haitiana de Gonaïve, se comprobó que las 4000 toneladas de cenizas contenían en su composición 900 kilos de arsénico, 2200 kilos de cadmio, y 215 toneladas de plomo; además de dioxinas y otros productos tóxicos. Nadie quiso limpiarlo. El costo de la limpieza en Gonaïves había sido estimado en unos 300 mil dólares. Pero el abogado de Filadelfia Ed Rendell -en aquel entonces alcalde de esa ciudad y ahora presidente del Comité Nacional del Partido Demócrata -rehusó contribuir con los fondos, a pesar del superávit de 130 millones de dólares en el presupuesto de Filadelfia. Joseph Paolino e Hijos, la empresa de tratamiento de residuos que habían contratado a Amalgamated Shipping (propietarios de la barcaza de desechos Khian Sea) para que transportara la ceniza, también se negó.

En julio de 1992, el Departamento de Justicia de EE.UU. -presionado por grupos ecologistas en todo el mundo- presentó finalmente acusaciones contra dos comerciantes con residuos que habían embarcado y descargado las 14 mil toneladas de ceniza de incinerador de Filadelfia. Acusaciones similares se presentaron contra tres individuos y cuatro corporaciones que habían exportado ilegalmente 3000 toneladas de residuos peligrosos a Bangladesh y Australia, declarados también como fertilizantes. Pero ninguno de los comerciantes de residuos fue acusado de tirar su cargamento tóxico en alta mar, ni por declararlo falsamente como fertilizante y abandonarlo en las playas de Haití, Bangladesh, y Australia.

Fueron acusados de mentir a un jurado de acusación.¿Por qué? Porque la ley estadounidense protege a los comerciantes, no a los receptores de residuos tóxicos -y la Organización Mundial de Comercio trata de imponer a nivel internacional semejantes leyes.

En los últimos años, gran parte de los residuos de los países industrializados han sido exportados abiertamente, descritos como “material reciclado”. Son promocionados como “combustible” para incineradores que generan energía en los países pobres. Una vez que un residuo es calificado de “reciclable”, queda exento de la ley de residuos tóxicos de EE.UU. y puede ser comprado y vendido como se quiera.

Escorias, sedimentos, e incluso polvos captados en filtros de control de polución, son embolsados y embarcados al exterior. Estos desechos pueden contener importantes cantidades de metales valiosos, como zinc, pero también contienen cantidades importantes de subproductos tóxicos tales como cadmio, plomo y dioxinas (compuestos químicos obtenidos a partir de procesos de combustión que implican al cloro).

La laguna legal vía “reciclado” en la ley de residuos tóxicos de EE.UU. es suficientemente grande para permitir que pase una barcaza, y muchas barcazas la pasan flotando sin que nadie las cuente. ¿Cómo puede ser un fertilizante la ceniza tóxica? Cada año, miles de toneladas de residuos “reciclados” de EE.UU., declarados engañosamente como “fertilizante”, son diseminadas en campos, playas, y desiertos en Bangladesh, Haití, Somalia, Brasil, y docenas de otros países.

En su momento, la administración Clinton continuó la iniciativa de George Bush (padre) al permitir a corporaciones estadounidenses que mezclen cenizas de incineradores y otros residuos conteniendo altas concentraciones de plomo, cadmio, y mercurio con productos agroquímicos. Esto se vende a agencias y gobiernos que no lo sospechan, o que no se preocupan en controlar, en todo el mundo.

Estos productos químicos peligrosos son considerados “inertes”, ya que no juegan un papel activo como “fertilizante”, aunque son muy activos causando cáncer y otras enfermedades. Bajo la legislación norteamericana, los ingredientes denominados “inertes” no necesitan ser etiquetados o declarados al comprador.

Haití ha sido un vertedero favorito para los productores corporativos de residuos. La devastación ecológica causada por el vertido de productos tóxicos en ese país y en otros, ha generado una crisis sanitaria igualmente devastadora, que es exacerbada por el traslado forzoso de sus tierras de miles de trabajadores agrícolas por orden del Fondo Monetario Internacional. Las tierras son luego confiscadas y entregadas a las corporaciones multinacionales agropecuarias, que realizan el monocultivo de algodón y café genéticamente manipulados, y productos de lujo para la exportación, haciendo que los alimentos naturales sean mucho más difíciles de conseguir.

Algunos de los campesinos desposeídos son absorbidos por centros de explotación, eufemísticamente llamados “zonas empresariales”, subcontratados por corporaciones como Disney, Sears, Kathy Lee, y Wal-Mart. Allí, dejan de tener validez hasta los pocos controles ecológicos que rigen en el resto del país, aumentando dramáticamente el nivel de enfermos por cáncer y tuberculosis.

La neumonía y otras enfermedades oportunistas continúan causando estragos en Haití. Uno de las primeras medidas tomadas por la junta militar en ese país después de su golpe en septiembre de 1991, fue terminar todos los programas de tratamientos del SIDA y de atención médica gratuita que habían sido establecidos durante el breve gobierno de Aristide. Como consecuencia de la devastación ecológica, los cierres de clínicas y la exposición a toxinas en los alimentos, el aire y el agua, las mujeres refugiadas de Haití que viven ahora en EE.UU. muestran un nivel mucho más elevado de cáncer cervical que el resto de la población.

En Nicaragua, una proposición de importar residuos peligrosos y ceniza de incinerador de Filadelfia generó una tormenta de protestas de todos los sectores de la población nicaragüense, aunque no se informó al respecto en la prensa de EE.UU. El partido revolucionario sandinista, que llegó al poder en 1979 y que fuera derrotado diez años más tarde en medio de una intensa guerra contrarrevolucionaria auspiciada por EE.UU., dirigió la oposición en el congreso nicaragüense.

El único apoyo a la propuesta de importar residuos provino de Steadman Fahoth, un dirigente contra de los indios misquitos, discípulo del evangelista Sun Myung Moon que, después de la derrota del gobierno sandinista, fue recompensado por el nuevo gobierno colocándolo a cargo de la Dirección de “problemas ecológicos” en la región atlántica del país.

La Asociación Nicaragüense de Biólogos y Ecologistas objetó que las fuertes lluvias en la Costa Atlántica causarían que los componentes letales de la ceniza penetraran el ecosistema acuático y causarían severos daños al nivel freático, a la flora y la fauna, así como a la vida humana.

El mercurio es una de las numerosas toxinas presentes en los residuos industriales embarcados al extranjero para ser incinerados o enterrados. Es un veneno mortal con efectos letales sobre el sistema nervioso, incluso en concentraciones muy bajas. El envenenamiento con mercurio causa sordera, pérdida de los sentidos del olfato y del gusto, úlceras, deterioro mental, daño a los riñones y la muerte.

Borden Chemicals and Plastics, Calgon Carbon Inc., y American Cyanamid -con oficinas centrales en Nueva Jersey, esta última la empresa matriz de Old Spice, Pierre Cardin, y el shampoo Breck- son inmensos productores de residuos de mercurio. Si bien existen leyes que limitan el vertido de residuos peligrosos en EE.UU. es otra cosa cuando se trata de muchos otros países que están desesperados por desarrollarse de cualquier modo. De manera que esas compañías embarcaron 10.000 barriles de residuos de mercurio a la instalación de “reciclado” Thor de American Cyanamid en Sudáfrica a mediados de los años 80. El gobierno de EE.UU. miró hacia otro lado mientras American Cyanamid vertía más de 60 toneladas de mercurio y otros residuos tóxicos producidos en Nueva Jersey en los ríos sudafricanos, amenazando drásticamente el agua potable y la agricultura y matando a cientos de personas río abajo.

La destrucción ecológica, la pobreza forzada, las guerras de contrainsurgencia, la corrupción y la brutalidad policíaca causadas por el vertido de residuos tóxicos provenientes del extranjero, asola a los países pobres en todo el mundo.

En Bangladesh, por ejemplo, ocurrió una explosión en una instalación de perforación petrolera de la compañía estadounidense, Occidental Petroleum. En la explosión de Bangladesh, más de 32 kilómetros cuadrados de la zona fueron quemados totalmente, fundidos, y se destruyeron totalmente las comunicaciones. Jardines arbolados fueron incinerados. Cientos de personas murieron, incluyendo a trabajadores de Occidental Petroleum. Veinte por ciento de Bangladesh fue aislado durante seis meses del resto del país a causa de esa explosión, y el gas continuó filtrándose al medio ambiente sin control alguno.

Accidentes industriales y agrícolas ocurren rutinariamente, aunque pocos con la horrible intensidad de la liberación producida por Union Carbide de una inmensa nube de gases tóxicos de su planta en Bhopal en India en 1984, que mató a 10.000 personas en unas pocas horas. Union Carbide también posee el triste récord de desastres industriales sobre suelo estadounidense, contaminando hasta la muerte a 2000 trabajadores con silicosis durante la construcción del túnel Hawks Nest en West Virginia en los años 30. La silicosis es una enfermedad fibrósica-cardiovascular de carácter irreversible que se presenta con dificultad para respirar causada por la inhalación prolongada de compuestos químicos que contienen sílice cristalina.

Decenas de miles de trabajadores mueren directamente cada año en el mundo como resultado de accidentes laborales, para no hablar de los cientos de miles de trabajadores lisiados u obreros textiles o del carbón con neumoconiosis, enfisemas, y otras enfermedades con peligro de muerte. Y eso sin contar los cánceres a largo plazo y las enfermedades del sistema inmunológico causadas por la vida en un medio ambiente degradado. ¿Qué pasa con el proceso industrial propiamente dicho? ¿Puede haber extracción de recursos sin envenenar a toda una región y sin la represión política que es la consecuencia necesaria, como ha pasado con los ogoni en Nigeria, los mayas de Chiapas, o los navajos, dineh y hopis de la Gran Montaña en Arizona? ¿Y qué pasa con los productos obtenidos? Todos los productos se vuelven residuos en algún momento. ¿Cómo se dispone de ellos?

Muchos productos químicos embarcados al extranjero para plantaciones del comercio agropecuario son fabricados en EE.UU. pero se prohíbe su uso en ese país debido a los fuertes movimientos de la clase obrera por la salud y la seguridad. Son venenosos para el medio ambiente así como para la salud humana.

Butachlor, un herbicida fabricado por Monsanto bajo las marcas Machete y Lambast, provoca tanto riesgos agudos como crónicos para la salud y puede contaminar los suministros de agua. Aunque es fabricado en Muscatine, Iowa , la compañía no recibió un permiso para la distribución del tóxico herbicida en los EE.UU. debido a "problemas respecto a la ecología, los residuos, los peces, la flora y la fauna, y la toxicología," según la Agencia de Protección del Medio Ambiente. Monsanto, sin embargo, puede, según las leyes norteamericanas, continuar fabricando el herbicida allí mientras no lo venda dentro de las fronteras del país. Así que Monsanto lo vende en ultramar, donde docenas de países en América Latina, Asia, y África utilizan butachlor sobre todo en los arrozales.

Otro ejemplo de embarques tóxicos a países del tercer mundo. Los tampones producidos en EE.UU. pero cuya venta está prohibida allí porque causan el síndrome del choque tóxico, que puede resultar mortal. Las compañías estadounidenses vendieron por millones estos tampones en África, y Sur y Centroamérica durante la década de los '80, aunque los riesgos mortales eran conocidos.

Ninguno de estos son ejemplos aislados que puedan ser considerados equivocaciones, errores de política o excesos desafortunados del proceso de producción capitalista. Se trata de simple y llana “avaricia”.

Hace pocos años se produjeron brotes de contaminación con arsénico en Bangladesh y en otros cuatro países que recibieron, en el marco de un plan de ayuda internacional, postes eléctricos fabricados en Estados Unidos y que habían sido tratados cada uno con casi un kilo y medio de arsénico. El arsénico de un poste, si está fijo en un sitio, puede contaminar más de 4 kilómetros cuadrados.

La necesidad que tienen los países de la OCED (Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo, un grupo de 29 potencias ricas e industriales, tales como Europa, Japón, Rusia, EE.UU. y Canadá) de encontrar nuevos sitios donde depositar los residuos de la producción industrial es una de las fuerzas que más promueven los programas de ajuste estructural del FMI y del Banco Mundial.

Agencias tales como la Organización Mundial de Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Agencia de Desarrollo Internacional de EE.UU., que pretenden ayudar a las naciones a subsanar sus lastres de deudas y asistirlas para salvar el medio ambiente, en realidad ayudan a mantener a los países en una deuda perpetua a costa del medio ambiente.

Las “inversiones” del FMI y del Banco Mundial, combinadas son sus programas de austeridad neoliberales y la privatización (conocidos como "ajustes estructurales"), constituyen una faceta importante del Nuevo Orden Mundial, destruyendo en última instancia las sociedades cooperativas no capitalistas y forzando la privatización de amplios sectores de propiedad pública. Esas agencias condenan cada vez más áreas del mundo a la condición de vertederos de residuos, a la extracción de recursos naturales y a erigir centros comerciales de hormigón armado.

Los residuos tóxicos como estrategia

En diciembre de 1971, Lawrence Summers, economista jefe del Banco Mundial, publicó un memorando sorprendentemente directo al personal superior del Banco Mundial llamándolos a planificar sus programas de ajuste estructural y renegociar los planes de pago de deudas de modo que los países deudores y relativamente poco contaminados del mundo aceptaran la llegada de los residuos del mundo industrial.

Summers basó su idea de la “redistribución de desechos tóxicos” pensando en que resultaba injusto que hubiera en el planeta tantos lugares tan limpios y tantas ciudades industrializadas demasiado contaminadas.

Ante la recriminación de algunos grupos defensores de la vida humana y el medio ambiente, el economista en jefe del Banco Mundial argumentó que, por su pobreza, los pobres jamás vivirían lo suficiente para contraer las enfermedades que la exposición a los residuos vertidos o incinerados causarían ordinariamente a gente que vive más tiempo, como aquellos que viven en EE.UU., Europa, y partes de Asia.

“La preocupación por un agente que causa un cambio de un punto en un millón en las posibilidades de contraer cáncer de próstata, escribió Lawrence Summers, será obviamente mucho más elevada en un país en el que la gente vive lo suficiente para contraer cáncer de próstata, que en un país donde la mortalidad por debajo de cinco años es de 200 por mil”. Según el memorando de Summers dirigido en 1971 a la planta gerencial del Banco Mundial, verter residuos tóxicos en áreas donde la gente ya tiene vidas más cortas, no preocupa a nadie.

Este enfoque, ha resultado muy efectivo para compañías como Nike, que ha aprovechado los bajos salarios en toda Asia, o incluso General Motors, que produce automóviles y camiones en México con la misma tecnología que en Michigan, pero con trabajadores con salarios más bajos y sin contaminar su propio suelo.

Los fabricantes de tecnologías contaminantes tales como los incineradores que están siendo eliminados en los países industriales, también se han beneficiado, porque pueden seguir funcionando, vendiendo a los países del tercer mundo.

Los industriales estadounidenses de muebles que utilizan adhesivos, disolventes, y pinturas tóxicas han aprovechado los beneficios que les otorgan las nuevas regulaciones, mudándose de sitios como Los Ángeles a México y otros países sudamericanos.

Bajo las políticas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, y de la Organización Mundial de Comercio, pesticidas prohibidos, combustibles con plomo, clorofluorocarbono, asbesto, y otros productos restringidos en el Norte, son vendidos al Sur; mientras que maderas tropicales, petróleo, carbón, y otros recursos naturales fluyen del Sur hacia el Norte, con poco o ningún beneficio para las comunidades receptoras; y mientras las regulaciones se hacen más estrictas respecto al funcionamiento de plantas de energía que usan carbón sucio y energía nuclear peligrosa en el Norte, estas proliferan en Asia, África, Europa Oriental y América Latina, donde son controladas y operadas por corporaciones norteamericanas. Todo esto fue facilitado con decenas de miles de millones de dólares de financiamiento por parte del Banco de Exportación e Importación de Estados Unidos y del Banco Mundial, que se ha convertido en la mayor Corporación estadounidense de Inversiones Privadas en el extranjero.

Incinerando armas químicas

El aparato militar de EE.UU., desde cualquier punto de vista es el mayor contaminador en todo el mundo. El modo de pensar de los militares es tan insano que incluso cuando se les obliga a hacer lo correcto -por ejemplo, sacar del servicio una parte del mayor arsenal de armas químicas del mundo- utiliza invariablemente los medios más destructivos. En el caso siguiente, la incineración es su método preferido.

Los militares escogieron Kalama -la Isla Johnston, un Refugio Nacional de Flora y Fauna- como el sitio para incinerar viejos misiles de la guerra química y otras armas similares. Kalama -un territorio de EE.UU. a unos 1300 kilómetros al sudoeste de Hawai y a 2200 kilómetros al este de las Islas Marshall- es una isla antaño idílica, de 23 hectáreas, rica en vida marina y ornitológica, que fue expandida a 280 hectáreas por los militares norteamericanos y que ahora está contaminada con Agente Naranja y con plutonio. Conocida como JACADS, la instalación en la isla Johnston, que inició su funcionamiento en junio de 1994, es la única planta de incineración de armas químicas de envergadura de EE.UU. Ha sido diseñada para quemar el agente HD ("gas mostaza") y los agentes nerviosos GB y VX.

El Ejército dice que JACADS está siendo utilizado sólo para quemar el arsenal de armas químicas embarcadas al atolón en 1971 desde Okinawa y para quemar más de 100.000 proyectiles GB y VX del arsenal de los años '70, transportados desde Alemania en 1990. Pero la planta de incineración de armas químicas JACADS, presenta ya un historial de problemas peligrosos causados por la incineración, desde 133 soldaduras de calidad inferior descubiertas en las tuberías, a explosiones en varias partes del horno que ya habían liberado pequeñas cantidades de agente nervioso GB a la atmósfera en marzo de 1994 y la generación de subproductos inesperados de gas mostaza descompuesto.

La tecnología “de final abierto” utilizada por el incinerador de la Isla Johnston y todos los incineradores de residuos emite sustancias transportadas por el aire y carcinogénicos tales como dioxinas y furanos. Tales emisiones, y cualquier gas nervioso que se escapara, se establecen en la capa superior del océano circundante y pueden ser transportadas por los vientos a áreas pobladas.

Hay alternativas mucho más seguras, de probada eficacia, para la incineración, igual que existen para la pulverización de insecticidas pero, son más caras. Alternativas factibles incluyen el biosaneamiento con enzimas naturales, la neutralización química, y la oxidación supercrítica usando agua.

A fines de los años 80 y a principios de los 90, Somalía, Haití, y Guatemala se convirtieron en los últimos territorios elegidos por el Nuevo Orden Mundial para descargar inmensas cantidades de residuos industriales e incinerados. En realidad, la descarga de residuos peligrosos, fue uno de los factores que impulsaron la intervención militar, en sitios tales como Somalía y Haití. Meses antes de que EE.UU. enviara tropas a Somalía, supuestamente para proteger las líneas de suministro de alimentos contra los hurtos de los “malvados caudillos”, Italia -un importante aliado de la OTAN que había enviado cientos de soldados a Somalía- estaba completando disposiciones para embarcar los residuos del sur de Europa a ese país, sin protesta alguna de EE.UU. Las compañías italianas dirigían un consorcio que estaba involucrado en la construcción de dos incineradores que iban a ser instalados en Somalía, que se había previsto iban a tratar por lo menos dos embarques de 550 mil toneladas de residuos tóxicos por año, con una ganancia estimada de 4 a 6 millones de dólares. Además, Nur Elmy Osman, el “Ministro de Salud” de Somalía

firmó un compromiso por 20 años a fines de 1991 con una compañía privada, Acher Partners, para permitir la construcción de otro incinerador cerca de Mogadishu y un vertedero para contener 11 millones de toneladas de residuos industriales y hospitalarios incluyendo residuos sólidos y líquidos de tipo tóxico.

La compañía Acher Partners resultó ser una empresa fantasma con domicilio y teléfonos falsos. Aún así un montón de mercaderes y compañías sospechosas, igualmente emprendedoras, involucradas en el tratamiento de residuos industriales y peligrosos, surgió virtualmente de un día para otro.

También resultó ser una compañía fantasma Terra International, una empresa involucrada en embarques de residuos peligrosos a Guatemala que realizó negocios por miles de millones de dólares y era manejada por un solo individuo desde Miami.

Pero las ganancias de los traficantes en residuos tóxicos ascienden a decenas de miles de millones de dólares por año, comparables con las ganancias del tráfico internacional de drogas. Muchas de las compañías son dirigidas por expatriados derechistas de países de Centroamérica y del Caribe. Las compañías tienen poco capital propio; utilizan sus contactos políticos en sus países nativos, a menudo juntas instaladas en el poder por la CIA y mantenidas allí gracias al apoyo financiero y militar del gobierno norteamericano.

Por cierto, estos traficantes ven la creciente catástrofe con los desechos en EE.UU., Europa, y Japón como “una industria en crecimiento” y la indigencia fabricada en países tales como Guatemala, Somalía, y Haití como una oportunidad de ganar una fortuna sin correr grandes riesgos ellos mismos.

Los países industrializados generan una cantidad enorme de residuos tóxicos de reciclado imposible o extremadamente caro, por lo que durante mucho tiempo se utilizó la solución de exportarlo a países del tercer mundo donde las regulaciones ambientales fueran menos estrictas, la necesidad de dinero mayor y la preocupación por la salud de los habitantes mínima o inexistente. Luego de varios escándalos relacionados con el tráfico de residuos acontecidos en los ochenta, el 22 de marzo de 1989 se acordó en Basilea un convenio con el fin de controlar el traslado y el desecho de todo tipo de residuos tóxicos y peligrosos.

En un principio el Convenio, que entró a regir el 5 de mayo de 1992, fue criticado por los grupos ambientalistas debido a su incapacidad de prohibir efectivamente la exportación de residuos tóxicos a los países pobres, habiendo logrado apenas la exclusión de la Antártica como destino de dichos residuos. Sin embargo la presión de varios países y grupos ambientalistas consiguieron la aprobación en 1995 de una enmienda al Convenio que prohíbe cualquier tipo de exportación de materiales contaminantes.

Los países industrializados producen cerca del 80% de los 400 millones de toneladas generados anualmente en el mundo, y de esa proporción exportan el 10%, en su gran mayoría a países subdesarrollados con grandes necesidades económicas. América Latina, y en particular países del sur como Paraguay o Argentina, fue durante años utilizada como basurero de los países industrializados, lo que llevó a que algunos de estos países hayan sido de los principales promotores de la ratificación. No obstante, tratados bilaterales excluidos del Convenio han posibilitado transgresiones al mismo como la pretendida importación de residuos nucleares australianos a Argentina con el supuesto objetivo de su tratamiento y retiro.

En Argentina sólo basta un ejemplo: en los 134 municipios de la provincia de Buenos Aires existían hacia 2005, 208 basureros a cielo abierto, que acumulaban unas 330.000 toneladas de desechos tóxicos clandestinos donde se mezclaban residuos sólidos urbanos, residuos hospitalarios (como medicamentos vencidos y tejidos humanos), residuos patogénicos, residuos radiactivos y residuos industriales, en una nube de gases tóxicos.

A pesar de las restricciones impuestas por los grupos ambientalistas con respecto al destino de los residuos tóxicos no sólo no se ha reducido la cantidad de basura generada sino que la misma ha aumentado en los últimos años sin que se hayan implementado tampoco técnicas serias de reciclaje o conservación de recursos.

El 6 de mayo de 2003 se aprobó, como parte de un nuevo plan estratégico de 10 años del Convenio de Basilea, una serie de 15 proyectos diseñados para prevenir los embarques ilegales de desechos peligrosos y mejorar las condiciones de eliminación de los mismos.

Así y todo, la situación sigue igual. La falta de verdaderas políticas de control hace que todo siga igual. Aún se induce a los países pobres a aceptar los residuos a cambio de préstamos del Fondo Monetario Internacional, que prescriben el uso de los fondos para proyectos de construcción de incineradores que también pueden servir como plantas de generación de energía. La explotación masiva del medio ambiente en el “Tercer Mundo”, incluye la conversión de residuos letales en mercancías. También incluye la imposición por parte de los organismos financieros internacionales, de trueques de deudas por medio ambiente, la construcción de inmensos incineradores y vertederos, y muchos otros proyectos aparentemente sin sentido. Pero para el Nuevo Orden Mundial del capitalismo, esas son las formas en las que se expresa la crisis internacional de la deuda. El comercio con residuos no es una consecuencia evitable de la dominación imperial y de la globalización del capital, sino que es una parte esencial de ésta, exigiendo que las personas que quieran resistirlo efectivamente, desarrollen nuevas formas de lucha y una nueva visión para recuperar la posibilidad de vivir con dignidad.


Título Original: Toxic Wastes and the New World Order.
Origen: Znet
Traducción: Germán Leyens y revisado por Carlos Carmona.
Adaptación: Marcelo Quiroga

Otras fuentes:
rebelion.org (Gorka Larrabeiti)
BBC Mundo
Corporate Predators: The Hunt for Mega Profits and the Attack on Democracy (Aves de Rapiña Corporativas: La Caza de Mega ganancias y el Ataque Contra la Democracia). Russell Mokhiber y Robert Weissman.
www.eco2site.com/news/Abril-05/resi-ba.asp
Enviado por otras alternativas a las 12:05 a. m.  
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