En cierta oportunidad, un filósofo utilizó estos términos para definir a los argentinos. “Tratan a Dios como "el flaco" se mofan de los ritos religiosos, aunque los presidentes no se pierden un Tedeum en la catedral. No renuncian a sus ilusiones ni aprenden de sus desilusiones. Cada uno se considera a sí mismo un genio, y los genios no se llevan bien entre ellos; por eso es fácil reunir argentinos; unirlos: imposible. Cuando discuten no dicen: no estoy de acuerdo, sino ¡usted está equivocado! Los argentinos aman tanto la contradicción que llaman "Bárbara" a una mujer linda, "Bestia" a un erudito y "genio" o “Dios” a un futbolista.
Cualquier argentino dirá que sabe como se debe pagar la deuda externa, enderezar a los militares, aconsejar al resto de América latina...etc. Los argentinos tienen metáforas a lo común con palabras extrañas...a un aumento de sueldo, rebalanceo de ingresos, etc. Un programa económico es siempre un plan de ajuste y una operación financiera de especulación la denominan "bicicleta". Son racistas al punto de hablar de "negros de m...", descamisados o "cabecitas negras". Los argentinos son como italianos que hablan español, pretenden sueldos norteamericanos y vivir como ingleses. Dan discursos franceses y votan como senegaleses. Piensan como Zurdos y viven como burgueses, alaban el emprendimiento canadiense, tienen una organización boliviana, admiran el orden suizo y practican un desorden iraquí”.
Quizás en estos conceptos, duros pero dignos de ser analizados con tranquilidad y mesura, se encuentre la punta del hilo para comenzar a comprender por qué hemos dejado que nos “inyecten” la historia nacional como con una jeringa.
La falta de autocrítica histórica ha traído a los argentinos a este país de hoy, con políticos mafiosos, funcionarios ladrones y clientelas a las que les importa un bledo la verdadera democracia. Por eso, para mantener los privilegios de logias, personajes famosos y patotas no se toca a la historia. Parecería que la historia fuera una especie de “niña bonita e impoluta” a la que debe respetarse bajo pena de muerte. Se la debe mirar pero no tocar y quien se atreva a hacerlo deberá hacerse cargo de las consecuencias.
La historia nacional no es culpable. Tampoco somos culpables los argentinos, mas bien somos víctimas de las circunstancias que dieron lugar a la formación de la república, hechos y situaciones que estuvieron permanentemente plagadas de mentiras y más mentiras.
Argentina tierra de genocidios
El genocidio o asesinato de masas es un delito internacional que consiste en la comisión, por funcionarios del Estado o particulares, de un exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivos de nacionalidad, etnia, raza, religión, ideología, sexualidad, etc. Estos actos comprenden la muerte y lesión a la integridad física o moral de los miembros del grupo, el exterminio o la adopción de medidas destinadas a impedir los nacimientos en el grupo.
La palabra genocidio fue creada por Raphael Lemkin, judío de Polonia, en 1944, de las raíces genos (término griego que significa familia, tribu o raza) y cidio (del latín cidere, forma combinatoria de caedere, matar). Lemkin quería referirse con este término a las matanzas por motivos raciales, nacionales o religiosos. Luchó para que las normas internacionales definiesen y prohibiesen el genocidio.
En Buenos Aires, uno de los monumentos más grandes ubicado en la Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, está dedicado a Julio Argentino Roca: El mayor genocida de los pueblos originales, fusilador, político llegado a la presidencia sin democracia, y, como si fuera poco, fue el que hizo funcionar la ley más cobarde e inhumana de la “República”: la Ley de Residencia, contra los obreros. Una de las máximas vergüenzas argentinas: la de separar a familias acusando a los padres de “anarquistas disociadores”, una ley de cretinos y señores bien, dueños de la tierra y las instituciones, racistas de la peor especie. Y los argentinos aceptan a ese señor en el bronce y en la altura: la estatua más alta de todas.
Julio Argentino Roca influyó durante casi 60 años en la política nacional, ya que su hijo Julito fue vicepresidente del General Justo hasta 1938 y firmante del famoso tratado Roca-Runciman -después que su padre canceló el empréstito de la Baring Brothers contraído por Rivadavia un siglo antes-, para consolidar la "granja del imperio", según sus propias palabras. Para lo cual se valieron también del no menos célebre "fraude patriótico".
Julio Argentino Roca fue dos veces presidente de los argentinos. Héroe militar en la "Conquista del Desierto". Político de fuste, personaje discutido, fiel exponente de la "generación del ochenta". Fue uno de los hombres más polémicos de nuestra historia y paradójicamente, uno de los menos conocidos.
Roca nació en Tucumán, el 17 de julio de 1843. Siendo muy joven luchó en la Batalla de Pavón, en el Ejército de la Confederación comandado por Urquiza. Años después, se alistó en la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. También combatió los levantamientos de el gobierno central. Coincidencia o no, Roca aparece siempre del lado del poder.
En 1872, siendo presidente Domingo F. Sarmiento, Roca es ascendido a Coronel y trasladado a Río Cuarto, como jefe de frontera en la lucha contra el indio. Allí contrae matrimonio con Clara Funes. Este acontecimiento 'social significó su ingreso a la aristocracia cordobesa y la plataforma para su despegue. Otra de las claves de su ascenso político fue su prestigio militar. Con 31 años, en 1874, Roca ya era General, y desde la Comandancia de Frontera del Interior, criticaba el Plan del Ministro Alsina para luchar contra los indios y adelantaba las bases de lo que sería su plan de campaña para conquistar el desierto. Por entonces, Roca le escribía al Ministro de Guerra: "A mi juicio, el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro, es el de la guerra ofensiva".
Muerto Alsina en 1877, el presidente Nicolás Avellaneda designó a Roca Ministro de Guerra. Éste, preparó una caballería con 6.000 hombres y desde julio de 1878 el general Julio Argentino Roca puso en marcha el plan para exterminar a la población aborigen del sur, a fin de afirmar la ?soberanía nacional?. Realizó una verdadera "razzia" en el desierto, que dio como resultado 4 caciques presos, 1.250 indios muertos y más de 3.000 prisioneros. La segunda campaña se realizó en 1879, con fotógrafo y corresponsal periodístico incluido.
Fue la llamada "Campaña del Desierto", en que fueron asesinados decenas de miles de indígenas, a la que el propio General Roca la llamó "una cruzada inspirada por el más puro patriotismo, contra la barbarie"... y significó algo así como el golpe final, después del paulatino proceso de exterminio y desarticulación cultural llevado a cabo contra las comunidades aborígenes del sur argentino...
Cinco años después de que Roca iniciara su sangrienta campaña, todavía quedaban por nuestras tierras del sur algunas tribus rebeldes comandadas por el cacique Sayhueque. Para acabar totalmente con ellos, el gobernador de la Patagonia, el general Wintter, emprendió otra campaña de aniquilamiento que se desarrolló entre 1883 y 1885. En la misma dieron muerte a mas de 4.000 originarios combatientes y a un número sumamente alto y no determinado de integrantes de las tribus; lo que podríamos llamar “población civil originaria”.
Las tierras conquistadas (robadas a los indios) gracias a estas criminales matanzas quedaron habilitadas desde entonces para los "grandes negocios ganaderos"...
Características parecidas tuvo la expansión "colonizadora" en la Región Chaqueña Argentina, con la "matanza de Napalpi" o de "Rincón Bomba", por citar sólo algunos ejemplos; continuando en la actualidad con los despojos de tierras aborígenes y el enorme genocidio ambiental que representan los desmontes...
Pero a pesar de las decenas de millones de indios americanos que fueron asesinados durante la "Conquista de América", todavía no se ha hecho un ningún juicio para condenar, aunque sea histórica y moralmente, a los responsables de este bárbaro genocidio...
Y mas aún, en Argentina, el General Julio Argentino Roca, Jefe de la Campaña del Desierto, no solamente no ha sido condenado histórica ni moralmente por el Estado ni por la "Historia Oficial", sino que en la actualidad todavía se le rinde homenaje,... y existen plazas, calles, ciudades e inclusive Institutos Militares que llevan su nombre.
La llamada conquista del desierto, llevada a cabo por el general Roca, permitió que seis millones de hectáreas pasaran a manos de 67 propietarios, que 24 familias recibieran parcelas que iban de 200.000 a 2.500.000 hectáreas (como fue el caso de los Martínez de Hoz) y arrojó como resultado –además de las decenas de miles de indios muertos- más de 14.000 originarios reducidos a la servidumbre.
Al final de la Matanza del desierto, Roca envió una misiva al Congreso Nacional informando lo siguiente: “La ola de bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras ha sido por fin destruida”. “El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”.
El rostro de este militar argentino asesino de indígenas, el general Roca, se puede observar en los billetes de nuestra moneda nacional de 100 $, al reverso del cual hay un cuadro que celebra la matanza de indios.
La "guerra sucia" contra el indio Por Felipe Pigna
Los sobrevivientes de la llamada "Conquista del Desierto" fueron "civilizadamente" trasladados, caminando encadenados 1.400 kilómetros, desde los confines cordilleranos hacia los puertos atlánticos.
A mitad de camino se montó un enorme campo de concentración en las cercanías de Valcheta (Río Negro). El colono galés John Daniel Evans recordaba con estas palabras aquel siniestro lugar: "En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia. (...) Estaban cercados por alambre tejido de gran altura; en ese patio los indios deambulaban, trataban de reconocernos, ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos aferrados del alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco de castellano y un poco de galés: poco bara chiñor, poco bara chiñor (un poco de pan señor)".
La historia oral, la que sobrevive a todas las inquisiciones, incluyendo a la autodenominada "historia oficial", guarda la memoria en su propio lenguaje: "La forma que lo arriaban... uno si se cansaba por ahí, de a pie todo, se cansaba lo sacaban el sable lo cortaban en lo garrone. La gente que se cansaba y...iba de a pie. Ahí quedaba nomá, vivo, desgarronado, cortado. Y eso claro... muy triste, muy largo tamién... Hay que tener corazón porque... casi prefiero no contarlo porque é muy triste. Muy triste esto dotor, Yo me recuerdo bien por lo que contaba mi pobre viejo paz descanse. Mi papa; en la forma que ellos trataban. Dice que un primo d'él cansó, no pudo caminar más, y entonces agarraron lo estiraron las dos pierna y uno lo capó igual que un animal. Y todo eso... a mi me... casi no tengo coraje de contarla. Es historia es una cosa muy vieja, nadie la va a contar tampoco, no? ...único yo que voy quedando... conocé... Dios grande será... porque yo escuché hablar mi pagre, comersar... porque mi pagre anduvo mucho...".
De allí partían los sobrevivientes en una larga y penosa travesía, cargada de horror para personas que desconocían el mar, el barco y los mareos, hacia el puerto de Buenos Aires. Los niños se aferraban a sus madres, que no tenían explicaciones para darles ante tanta barbarie.
Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto. Para evitar el escarnio, un grupo de militantes anarquistas irrumpió en el desfile al grito de "dignos", "los bárbaros son los que les pusieron cadenas", prorrumpieron en un emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima festivo y "patriótico" que se le quería imponer a aquel siniestro y vergonzoso "desfile de la victoria". Desde el puerto los vencidos fueron trasladados al campo de concentración montado en la isla Martín García.
Desde allí fueron embarcados nuevamente y "depositados" en el Hotel de Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional, que titulaba "Entrega de indios": "Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia".
Se había tornado un paseo "francamente divertido" para las damas de la "alta sociedad", voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y todo tipo de servidumbre para explotar.
En otro artículo, el mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las "damas" de "beneficencia", encargadas de beneficiarse con el reparto de seres humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y destrozando familias: "La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia".
Los promotores de la civilización, la tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes de su tradición y sus propiedades, ahora iban por sus familias.
A los hombres se los mandaba al norte como mano de obra esclava para trabajar en los obrajes madereros o azucareros.
Se habían cumplido los objetivos militares, había llegado el momento de la repartija del patrimonio nacional.
La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de "derechos posesorios", adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de "premios militares" del 5 de setiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas.
Si hacemos números, tendremos este balance: La llamada "conquista del desierto" sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período.
Desde luego, los que pusieron el cuerpo, los soldados, no obtuvieron nada en el reparto.
Los verdaderos dueños de aquellas tierras, de las que fueron salvajemente despojados, recibieron a modo de limosna lo siguiente: Namuncurá y su gente, 6 leguas de tierra. Los caciques Pichihuinca y Trapailaf, 6 leguas. Sayhueque, 12 leguas. En total, 24 leguas de tierra en zonas estériles y aisladas.
Ya nada sería como antes en los territorios "conquistados"; no había que dejar rastros de la presencia de los "salvajes". Como recuerda Osvaldo Bayer, "Los nombres poéticos que los habitantes originarios pusieron a montañas, lagos y valles fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia que llevaba el nombre en tehuelche de ''el ojo de Dios'' fue reemplazado por el Gutiérrez, un burócrata del Ministerio del Interior que pagaba los sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, el lago llamado ''Descanso del horizonte'', pasó a llamarse ''Monseñor Fagnano'', en honor del cura que acompañó a las tropas del General Julio Argentino Roca, armado con la cruz".
Julio Argentino Roca fue...
Con la Campaña del Desierto Roca ganó popularidad y allanó su camino a la presidencia, cargo al que accedería con tan sólo 37 años.
La primera presidencia transcurre entre 1880 y 1886. En ese período se crea el Banco Hipotecario Nacional, se sancionan los Códigos Penal y de Minería y se dictan las leyes de Registro Civil, de Matrimonios y de Educación. Esta última (ley 1.420) establecía la enseñanza laica, gratuita y obligatoria y además incorporaba la educación rural, la enseñanza para adultos, las escuelas para sordomudos y la modificación de programas y métodos de enseñanza. El objetivo era bajar los índices de analfabetismo y contribuir a la construcción de un "ser nacional" en una sociedad fuertemente marcada por el aporte inmigratorio. Los resultados fueron asombrosos. En pocos años, el sistema de enseñanza primaria de la Argentina se ubicaba entre los mejores del mundo.
Por esa época se incorporan al territorio nacional las regiones del Chaco, Formosa, La Pampa y la Patagonia. La expansión geográfica fue acompañada de un incremento poblacional, ya que la libertad de cultos y la igualdad de derechos civiles estimularon la llegada de nuevas corrientes inmigratorias.
En materia de infraestructura, se comenzó la construcción del puerto de Buenos Aires y se extendieron los ferrocarriles. El comercio exterior alcanzó cifras no registradas hasta entonces. El país se desarrolló en pocos años de una manera notable.
La primera presidencia de Roca arrojó como saldo una vasta obra de gobierno, más allá de las objeciones que se le puedan hacer al modelo de país impulsado por esa "generación del '80", que por ser exclusivamente agro exportador, nos puso en desventaja y en relación de dependencia con respecto a los países industrializados.
Al finalizar su mandato, Roca usó su influencia para que el sucesor fuera su concuñado, Miguel Juárez Celman, de quien no dudó en despegarse cuatro años después, cuando ocurrió la revolución de 1890.
Roca comenzó su segunda presidencia en 1898, en circunstancias muy distintas a las de su primer mandato, que pusieron a prueba su temple y capacidad de conducción. El conflicto limítrofe con Chile obligó en 1901 a la sanción de la Ley Richieri, que establecía el servicio militar obligatorio. Como respuesta a las fuertes huelgas y al activismo permanente de anarquistas y socialistas, Roca implementó la "ley de residencia extranjera" que permitía expulsar del territorio nacional a todo extranjero que cometiese delitos de derecho común, perturbara el orden público o comprometiese la seguridad nacional. A esta ley le siguió la declaración del estado de sitio.
En 1904, lejos de los tiempos de "Paz y administración", Roca concluye su mandato. La Ley Sáenz Peña, el triunfo del radicalismo y la presidencia de Hipólito Irigoyen, marcarían una nueva etapa. Roca no alcanzó a ser testigo de esos cambios. Murió el 19 de octubre de 1914.
Un día de estos, uno cualquiera, alguien debería decidirse y contar la verdadera historia de nuestro país. No la de los libros que leímos en la escuela.
Una verdadera historia Argentina tendría que hablar del amor, del dolor, de la solidaridad. De funcionarios que nunca escucharon. De genocidas elevados a la categoría de “próceres”
Una verdadera historia debería hablar de decenas de miles de ausencias. De innumerables proyectos de personales masacrados. De infinidad de utopías inconclusas.
Nuestra historia también debería dejar “por escrito” la frivolidad de la clase dirigente, la ceguera de los nuevos ricos, los casamientos televisados, las casas en Miami, las cuentas bancarias en Suiza del Ministro de Economía, los barrios privados, el vertiginoso enriquecimiento de sindicalistas que no pueden deletrear ni su nombre, de las rubias teñidas casadas con políticos, de la globalización "inevitable"...
Debe contar cómo nos hicimos los distraídos por unos dólares, por comodidad, por tener, tener y tener todo eso que siempre quisimos comprar.
Necesitamos que alguien escriba la historia argentina como se debe.
Para no olvidar.
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Marcelo, no puedo creer que estos malditos asesinos a los que tenemos y vemos como héroes, estén en los libros de historia.
Gracias querido Marcelo por sacarles la careta a estos ¿próceres? genocídas que se c... en la patria y en la bandera.
Seguí así te escuchamos desde el primer programa, el que tendría que ser de dos o tres horas.